CIUDAD DE MÉXICO.- La reducción de peso, incluso en niveles modestos, puede marcar una gran diferencia en la prevención y el tratamiento del hígado graso, una enfermedad que aumenta en todo el mundo y que suele estar asociada al síndrome metabólico y a hábitos de vida poco saludables.
De acuerdo con especialistas, bajar entre un 5% y un 10% del peso total del cuerpo es fundamental para mejorar la función hepática y frenar la evolución de esta condición.
¿Qué es el hígado graso y a quiénes afecta?
El hígado graso, conocido médicamente como esteatosis hepática, ocurre cuando las células del hígado almacenan grasa en exceso. Entre los factores que más influyen se encuentran el sobrepeso, la resistencia a la insulina, niveles elevados de colesterol o triglicéridos, el consumo elevado de alcohol y el uso de ciertos fármacos.
Según la doctora Danielle Tholey, del Sidney Kimmel Medical College, y el doctor Minhhuyen Nguyen, del Fox Chase Cancer Center, en la mayoría de los casos esta afección no presenta síntomas evidentes. Aunque algunas personas pueden experimentar fatiga o molestias abdominales, lo más común es que no haya señales claras, lo que dificulta su detección temprana.
La importancia de bajar de peso: ¿cuánto es suficiente?
La recomendación principal para quienes ya tienen diagnóstico de hígado graso o riesgo de desarrollarlo es atender la causa principal y, sobre todo, perder peso. Los beneficios aumentan proporcionalmente:
Perder al menos el 5% del peso total ayuda a reducir la grasa acumulada en el hígado.
Llegar al 7% disminuye la inflamación y evita que la enfermedad avance hacia etapas más severas.
Reducir un 10% del peso corporal puede revertir daños estructurales como la fibrosis.
Incluso pequeñas reducciones pueden cambiar el panorama: un descenso de cinco kilos en una persona de 100 kilos puede generar mejoras visibles en los estudios médicos.
Medidas complementarias para controlar el hígado graso
Además de la pérdida de peso, los especialistas recomiendan:
Evitar o disminuir significativamente el consumo de alcohol.
Controlar la diabetes y regular los triglicéridos.
Revisar medicamentos que puedan afectar la función hepática.
En ciertos casos, se administran suplementos como vitamina E o medicamentos empleados en diabetes, aunque los expertos advierten que no siempre generan mejoras duraderas y pueden presentar efectos secundarios. Por ello, los cambios en el estilo de vida siguen siendo la estrategia más efectiva.
Para evaluar la progresión de la enfermedad, los médicos pueden solicitar estudios como ecografías, tomografías, resonancias o, en situaciones específicas, una biopsia hepática que permita analizar el grado de daño o presencia de cirrosis.
Causas y riesgos del hígado graso
El exceso de alcohol, el sobrepeso, los trastornos metabólicos y algunos medicamentos son sus principales detonantes. El síndrome metabólico —que combina resistencia a la insulina, obesidad y niveles altos de grasas en la sangre— es responsable de la mayoría de los diagnósticos.
La enfermedad puede avanzar desde la simple acumulación de grasa, hasta inflamación, fibrosis e incluso cirrosis. Esta evolución puede darse también en personas que no consumen alcohol, fenómeno conocido actualmente como enfermedad hepática esteatótica asociada a disfunción metabólica (EHDM).
Prevención y reversión: acciones decisivas
Para evitar el desarrollo del hígado graso o impedir que avance, los especialistas recomiendan mantener un peso saludable, reducir entre el 5% y 10% del peso corporal, controlar los niveles de glucosa, presión arterial y lípidos, y evitar el consumo excesivo de bebidas alcohólicas.
La detección temprana y el control de los factores de riesgo pueden prevenir complicaciones graves y reducir el avance hacia enfermedades hepáticas más complejas.