JAMAICA.- Isaiah Beck, carpintero de profesión, intentaba regresar a lo que quedaba de su hogar en la comunidad de New River, en la parroquia de St. Elizabeth, al suroeste de Jamaica, una de las zonas más afectadas por el paso del huracán Melissa. Su casa, ubicada al otro lado de un enorme charco de agua que le llegaba al pecho, parecía inalcanzable.
Sin embargo, Beck se detuvo en seco cuando vio los cuerpos de una vaca y un cerdo flotando entre los escombros.
“Hay animales muertos y el agua empieza a corromperse”, relató. “El agua llega desde todas partes”.
Tres días después de que los vientos huracanados de Melissa arrasaran la isla, decenas de comunidades continúan atrapadas entre aguas que siguen subiendo, al parecer por un sistema de drenaje colapsado.
El ciclón, uno de los más potentes jamás registrados en el Atlántico, golpeó con fuerza varias naciones del Caribe, dejando un rastro de destrucción y muerte. En Jamaica, las autoridades confirmaron al menos 19 fallecidos, mientras que en Haití se reportan más de 30 víctimas, incluidos varios niños. Las autoridades temen que la cifra aumente conforme los equipos de rescate logren acceder a las zonas más aisladas.
Dana Morris Dixon, ministra de Información, declaró en conferencia de prensa que el Gobierno desplegará “todos los recursos disponibles” para reconstruir el país tras una devastación que calificó de “inimaginable”.
En New River, donde aún no se ha restablecido el servicio eléctrico, los vecinos pensaban que lo peor había pasado, hasta que el nivel del agua comenzó a aumentar de nuevo. “El agua se metió en las casas hace dos días y no deja de subir”, explicó uno de los residentes.
Durante el punto más crítico del huracán, los vientos arrancaron techos enteros, obligando a las familias a correr de casa en casa en busca de refugio. Beck recordó que había pasado el temporal en una enfermería local, donde ayudó a tapiar ventanas antes del impacto. Cuando regresó, su vivienda había desaparecido.
“Mi casa quedó hecha trizas”, lamentó.
En las calles, los esfuerzos de limpieza apenas comienzan. Reginald Campbell, de 64 años, sacaba cojines y colchones mojados para tratar de secarlos al sol.
“Empiezan a oler mal”, gritó desde su porche, rodeado de agua. Según él, el sistema de drenaje bloqueado sigue provocando que el nivel del agua aumente. “Estamos muy preocupados”, añadió.
A pocos metros, un hombre con una motosierra intentaba despejar una palmera caída sobre su jardín. En otras casas, vecinos colgaban su ropa y pertenencias sobre cercas o árboles para que el sol las secara.
Un dron sobrevoló la zona y captó imágenes del ganado muerto que había hecho detenerse a Beck. Desde el aire, se veían viviendas con techos arrancados, rodeadas por un mar de lodo y agua estancada.
En medio del desastre, dos niños pequeños, descalzos y sin camiseta, caminaban por una calle inundada con sus pertenencias en bolsas plásticas sobre la cabeza. Dudaron antes de cruzar un gran charco, pero finalmente avanzaron entre el agua hasta las rodillas.
Mientras tanto, Weston Brown, embalsamador de una funeraria local, inspeccionaba los daños en su lugar de trabajo, donde parte del techo había sido arrancado. Aseguró que el número de víctimas mortales seguirá creciendo, ya que las autoridades han recibido reportes de cuerpos hallados dentro de viviendas inundadas.
“Habrá más muertes”, advirtió. “Mucha gente no tiene comida ni agua. Algunos podrían morir de hambre”.